(11 de noviembre de 2009) -
Por: Embajador Suhail Hani Daher Akel (*)
Pasaron
cinco años y al parecer el mundo solo escuchó al autor del delito. El
dolor no cesa. No hubo voluntad de investigar la muerte de uno de los
más importantes estrategas y lideres del siglo XX, Yasser Arafat (Abu
Ammar).
Los dirigentes sionistas israelíes a viva voces
vociferaron sus deseos de asesinar a Abu Ammar. Y al igual que aquel
mártir palestino Jesús, le impusieron un vía crucis de humillación y
castigo.
Los tres años que se extendió el criminal cerco militar
al democrático presidente y Nobel de Paz, Abu Ammar, en la Mukata’a
(presidencia palestina), en Ramallah, decretado por el premier Ariel
Sharon y su canciller Shimon Peres, fue espinosamente encubierto. Nadie
hizo nada. Ni los jerarcas árabes sosegados en sus sillones de fino
oro, ni el occidente achispado con la ética de libertades y democracias.
Nada
sacudió la conciencia. Nadie ejerció la voluntad política ni la presión
suficiente para que la potencia ocupante no arrastre hacia el cadalso
de la muerte al líder de una noble causa.
Abu Ammar, que
equilibró e hizo frente a las necesidades de un pueblo oprimido y
diezmado, fue victima solitaria de las constantes presiones
internacionales y de los regímenes árabes para capitular. No lo hizo.
Los enfrentó con dignidad y revalorizó a su pueblo. Lo envenenaron.
Arafat fue digno con su vida y con su muerte.
Al remontar la
memoria y situarla sobre el hostil lenguaje de Ariel Sharon, Shimon
Peres, Shaul Mofaz, Ehud Barack y Ehud Olmert, incitando públicamente
el asesinato de Arafat en los periódicos israelíes. Más, la suma del
terrorismo de estado israelí en sus ataques con mísiles y buldózer a la
indefensa Mukata’a, sobran las evidencias para ser acusados del
magnicidio de Abu Ammar.
Durante el forzado confinamiento desde el
2001 al 2004, George Bush (h), aún pendiente de juzgamiento por sus
crímenes de guerra en Irak, Afganistán y como participe secundario en
el cerco y envenenamiento de Abu Ammar, fue uno de los presidentes
estadounidenses que más favoreció a los líderes israelíes en sus
volubles aspiraciones colonialistas.
Con la cruel segunda invasión
a Irak el 21 de marzo de 2003, Bush dejo parapléjico al mundo y amparó
bajo el paraguas de la guerra las tres estratégicas facetas de la
potencia ocupante: a) Carcomer la quinta parte del ancestral territorio
de Palestina y su capital Jerusalem, ocupados en 1967, con ilegales
asentamientos y muros de apartheid; b) apuntalar el sueño sionista del
Gran Israel del Nilo al Eufrates, con la presencia israelí en el Nilo y
su aliado estadounidense en el Eufrates, ejerciendo el efecto pinza
sobre los pueblos árabes de Siria, Líbano, Jordania e Irak; c) asesinar
al histórico líder palestino para retroceder los anhelos
independentistas a los niveles de bajo cero y generar un gobierno
palestino servil a la potencia sionista. En la practica los hechos
quedaron visibles.
No fueron solamente los israelíes los que
trabajaron contra las legítimas y sinceras aspiraciones de Abu Ammar
con su pueblo. Estadounidenses, europeos, regímenes corruptos
latinoamericanos y árabes, y hasta la propia ONU, embriagados por
el rigor del lobby político-económico judío, colaboraron de distinta
manera para quebrar la desafiante rama de olivo, que como prenda de
paz, Arafat presentó en la Asamblea General de las Naciones Unidas en
1974 y torcerle su firme mano tendida a los israelíes en su propuesta
de ‘Paz para los Valientes’ en el abortado acuerdo de Oslo de 1993.
No
solo los israelíes no desearon desenterrar la recóndita muerte del
mártir Yasser Arafat, el propio liderazgo palestino no estuvo dispuesto
hacerlo. Luego de cinco años, el envenenamiento de Abu Ammar sigue
impune. Los responsables israelíes y las manos de aquellos palestinos
llagadas de traición siguen libres. Al igual que aquellos que
redactaron en 588 paginas la historia clínica de las dos semanas de
internación de Arafat en el Hospital militar Percy de París, sin
determinar los síntomas de su muerte.
Como los grandes héroes y
mártires de sus pueblos, Abu Ammar escribió la historia con su sangre.
La derramó para redimir la dignidad de su gente e infundió el sendero
espinoso de la liberación con sus palabras: “Estoy preparado para ser
mártir, llegará el día que un niño palestino izará la bandera palestina
sobre Jerusalem”.
El presidente Arafat, excesivamente demacrado,
cargando con el peso de una larga y dolorosa historia de vida, percibió
que había sido traicionado y envenenado, y que muchos de su entorno lo
abandonaron por algunas magras monedas. Con grandeza perdonó y se
despidió lanzando con sus manos temblorosas como consecuencia de un
avanzado parkinson, decenas de besos que iluminaron aquellas
enrojecidas retinas palestinas que lo vieron por ultima vez con vida,
antes de aquel fatídico 11 de noviembre de 2004, fecha de su deceso.
Al
regresar su cuerpo a Palestina ocupada, fue abrazado por su leal
pueblo. Denegada su sepultura en su ciudad natal de Jerusalem por la
orden cobarde de Sharon (hoy en estado vegetativo), fue enterrado en la
Mukata’a cubierto con tierra traída desde Jerusalem, en transitoria
espera de su definitivo retorno y descanso en el predio sagrado de la
Mezquita al-Aqsa de esa ciudad santa, liberada y como capital del
Estado de Palestina.
Hasta la victoria comandante de la
revolución, la dignidad y la libertad. Hasta Jerusalem Abu Ammar,
tierra de Jesús, los profetas y los grandes sabios. Tierra de los
milenarios cananeos y actuales palestinos.
*Primer Embajador del Estado de Palestina en la Argentina
*Analista internacional sobre la situación Palestina
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