(Voz Rebelde Nº 2, Enero-Febrero 2009) - Reproducimos los pasajes más importantes de un artículo firmado por Jorge Marín aparecido en Rebelión, pues acerca una visión sobre lo que está aconteciendo en China, máxime teniendo en cuenta que muchos -entre ellos nuestros gobernantes- la consideran el motor que evitará una recesión mundial.
En la reunión anual de la Central Economic Work Conference celebrada recientemente en China, se anunció un temporal de indicadores negativos. En noviembre, las exportaciones chinas cayeron un 2,2% (después de registrar un crecimiento del 19,2% en octubre); por su parte, las importaciones bajaron un 17,9% (contra un aumento del 15,6% de octubre también). Según el Ministerio de Comercio, en noviembre la inversión directa extranjera cayó un 36,52 %, mientras que la venta de automóviles un 10,3% y la construcción de viviendas, oficinas y fábricas un 16,6%. Todo esto en octubre. Para Cao Jianhai -investigador de la Academia China de Ciencias Sociales- “a final de año habrán cerrado más de 100 mil fábricas”.
Esta crisis ya ha provocado un aumento masivo de huelgas, protestas laborales y rebeliones. Los conflictos laborales en estos 10 meses fueron el doble de los del año anterior.
Zhang Ping, presidente de la Comisión Nacional para la Reforma y el Desarrollo, declaró: “Las excesivas bancarrotas y recortes de producción llevarán al desempleo en masa y agitarán el malestar social”.
Varios economistas -y gobiernos- sostenían que China suavizaría el golpe de la crisis. Es más, defendiendo la teoría del desacople la veían como la locomotora que evitaría la recesión de la economía capitalista. Hoy comienzan a ver con preocupación la posibilidad de que China arrastre hacia abajo no sólo el comercio mundial sino también la economía, lo que está provocando un creciente conflicto con EE.UU. que presiona para que China revalúe su moneda, mientras que Beijing está interesada en devaluar a fin de poder seguir exportando.
Es que las exportaciones significan un 40 % de su PBI y las exportaciones en general significan más del 25 % del crecimiento económico mundial. Además, China es el mayor comprador de metales y el segundo consumidor de petróleo.
Consecuencias
La reconversión de la economía china en capitalista significó la destrucción de millones de empleos, niveles espantosos de explotación para los trabajadores, destrucción del sistema sanitario y previsional, etcétera. Todo esto se pudo sobrellevar en la medida que la economía crecía, se creaban nuevos empleos y los niveles de vida -en general- mejoraban.
Sin embargo, si ya no está eso garantizado, entonces el peligro es que el número ya creciente de luchas y conflictos obreros puedan convertirse en un movimiento generalizado contra el gobierno, el Estado y la dirección del Partido Comunista. Todo lo cual ha llevado a dar instrucciones nuevas a la policía a efecto de evitar que las protestas se generalicen, combinando el palo con la zanahoria.
Además, el Estado introdujo nuevas regulaciones para evitar despidos masivos. Ahora las empresas necesitan aprobación del gobierno si planean despedir 40 trabajadores o más; pero sucede que el grueso de estas empresas (pequeñas y medianas) son de propiedad de taiwaneses, coreanos u otra nacionalidad, los cuales simplemente cierran y huyen.
A diferencia de EE. UU. y Gran Bretaña, China está aplicando un modelo keynesiano más clásico, con inversión en obra pública destinado a crear empleo y así reactivar el consumo, todo lo cual habla de la enorme crisis a la que estamos comenzando a asistir y de las nuevas condiciones políticas que de ella se derivan.