(Editorial
Voz Rebelde Nº 6, setiembre-octubre 2009) - La situación política en
nuestro país se encamina decididamente hacia una nueva crisis
institucional, cuyo telón de fondo será la expresión de una aguda
crisis económica que reconoce su origen tanto en causas relativas al
devenir del capitalismo en nuestro país como en las relativas a la
crisis internacional en curso. Todo indica que nuestro país y sus
instituciones se aproximan a un colapso combinado que representa
ciertamente una excepcionalidad histórica. Así, mientras en
anteriores episodios – por caso los ocurridos en 1989 y 2001 – la
crisis política se desató como consecuencia de una previa y profunda
crisis económica, en el presente todo parece indicar que la crisis
político-institucional precederá a las más agudas manifestaciones de
una crisis económica cuyas expresiones fenoménicas ya comienzan a
madurar. En efecto, la incapacidad demostrada por el gobierno para
recuperar la iniciativa luego de la derrota electoral – incapacidad
puesta de manifiesto en el fracaso del “diálogo político” y en el
cuestionamiento a su poder de convocatoria para concretar el Consejo
Económico y Social, es decir la negativa del conjunto de los factores
de poder económico a reconocer su autoridad convocante – sumada a las
profundas grietas aparecidas al interior de las diversas alianzas
electorales que la enfrentaran el pasado 28 de junio – divisiones al
interior del Acuerdo Cívico y Social y de la Coalición Cívica por un
lado y fractura del convenio entre sectores del peronismo bonaerense y
del Pro – reflejan las dificultades que el establishment político
deberá enfrentar para intentar encauzar institucionalmente la crisis. Sin
duda que las dificultades que debe enfrentar el gobierno para
procurarse financiamiento y su repercusión hacia el conjunto de las
economías provinciales preludian intensos temblores al interior de las
estructuras financieras, tanto nacionales como provinciales. El
debate surgido en torno a la cuestión de la pobreza – hábilmente
fogoneado por la jerarquía de la Iglesia Católica con el objeto de
asestar un duro golpe al corazón de la pretendida política
distribucionista del gobierno – ha colocado en la agenda política un
tema que pone al desnudo la hipocresía y la mendacidad con que se han
manejado tanto el gobierno como la llamada oposición (que no es otra
cosa que el reagrupamiento de la derecha en todos sus matices). Las
obscenas declaraciones de los nuevos políticos millonarios (De Narváez
y Macri), de los patrones rurales, de los radicales de viejo y nuevo
cuño, de la infaltable Carrió con sus delirios místicos (y sus alhajas
revestidas en piedras preciosas) y de la Presidente y su marido (que
dudan entre consternarse ante el crecimiento de la pobreza o celebrar
sus exitosos negocios inmobiliarios) respecto del incremento ya
inocultable de los índices de pobreza e indigencia, nos hablan de una
dirigencia que, una vez más, pretende encaramarse (o perpetuarse) en la
administración del poder político utilizando de ariete las legítimas
aspiraciones del pueblo pobre. Resulta insuficiente, a los efectos
de la articulación en términos de propuesta política, la necesaria
tarea de fortalecimiento de las organizaciones de masas. Es preciso que
pongamos en pie una organización política popular que vaya ganando
reconocimiento nacional como genuina representante de los intereses del
pueblo pobre y como portadora de una propuesta política concreta frente
a la situación que nos plantea la realidad concreta. Dicha
organización política no puede surgir sino del reagrupamiento de
diversas experiencias que se vieran sometidas a un proceso de
atomización a partir de 2004. Debemos realizar un esfuerzo
organizativo que se plantee desde la difusión de consignas concretas,
el desarrollo de un programa de acción tendiente a cobrar la estatura
de un actor político ineludible y con la ambición de ser determinante. Convertir
el pensamiento político en consignas políticas y éstas en acción
política, revalorizar la acción política marcando una frontera
infranqueable entre los que ven a la política como una “salida laboral”
(y muy redituable, por cierto) y aquellos que consideramos la política
como un servicio público, como un servicio al pueblo. Denunciar
a la llamada clase política apuntando a desmontar el andamiaje que
garantiza su existencia, sumando de ese modo a la acción de
referenciación popular una sintonía perfecta respecto de la valoración
que el pueblo tiene de la clase política y de sus prácticas corruptas. Todo
ello en la convicción de que aportar nuestro esfuerzo en la
construcción de espacios unitarios que planteen como columna vertebral
de sus propuestas la recuperación de la explotación y la administración
de los recursos naturales, la eliminación de los privilegios que
usufructúa la “clase política”, la implantación de tributos a las
transacciones financieras y a la trasmisión hereditaria y el
establecimiento de mecanismos que permitan efectivamente la
participación democrática del pueblo en la producción legislativa y en
la tarea ejecutiva, nos colocará en la senda que es preciso recorrer
para que el pueblo se convierta en un actor relevante a la hora de
proponer salidas a la crisis que se avecina y repartir los costos que
de ella se derivarán. |